"Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de absoluta oscuridad. Peligro constante. No es seguro volver con vida. Honor y reconocimiento en caso de éxito".
(Ernest Shackleton en los periódicos británicos reclamando voluntarios para una expedición a la Antártida en 1914)

lunes, 25 de marzo de 2013

Mejor que no hagan puentes colgantes en Lanzarote


Otra vez el agua de Costa Teguise helada, las fulas también entre las rocas. Como el año pasado, todo era idílico, los chicos y chicas calentando el cuerpo en el agua fresquita, poco viento todavía, seguro que no sube más -pensé- todo era felicidad, risas y bromas con los coleguillas. Se dio la salida, las rocas a veinte centímetros de mi pecho y al salir del rompeolas, otra vez las olas sin romper hacían interesante la natación, estaba disfrutando a tope y no iba al cien por cien, es increíble la confianza y placer que he cogido a eso de nadar, que lo haga bien y/o rápido es otra historia. Esta vez me orienté bastante bien y se me pasó el primer segmento en un plis-plas. Al salir del agua los gritos de ánimo de los chicos de la larga eran oro puro, había que tener cuidado con el suelo que era un campo de minas. La bici la empecé desbocado y la subida inicial era fastidiosa, al llegar a la carretera hacia Arrieta metí la directa y pasaba gente. La alegría era desbordante. La subida a Tabayesco me volvió a la realidad gravitatoria, mi peso todavía lastra mis subidas, me pasaron algunos, Sito me dejó botado como una colilla a pesar de sus invitaciones a seguirle como si de paseo fuésemos, no obstante iba bien porque hice inventario al llegar a la cima y las cuentas me decían que era el tercer majorero. Las palmeras dobladas son el mejor anemómetro que existe, y las del parque eólico parecían contorsionistas, en un momento dado mi rueda delantera empezó a vibrar y, peor aún, empezó a resonar. Brevemente diré que la resonancia es un fenómeno físico sumamente interesante en el que un objeto tiene una vibración que se alimenta continuamente, de manera que su amplitud teóricamente puede llegar al infinito o hasta que el objeto se rompa, tal como le pasó al puente de Tacoma en los años cuarenta. Dicho de otra manera, perdí el control de la bici y literalmente me vi empotrado contra un coche, afortunadamente no pasó y me detuve totalmente. En mis venas había más adrenalina que sangre y bajé hasta la siguiente curva a velocidad de tortuga drogada. Me pasaron al menos cuatro majoreros, el resto de la bici lo hice desconcentrado y agarrotado pero feliz de seguir entero. El entuerto no había acabado porque al llegar a Costa Teguise me equivoqué de via y seguí hasta El Hotel Salinas y además induje a David al mismo error porque me seguía de cerca. En ese lapso me pasaron otros tres majoreros. La carrera a pie la hice a ritmo de entrenamiento post-resaca y solo quería acabar y volver a vacilar con esos máquinas que corrieron conmigo ese día.

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